Una capacidad mejorada

Me cierro el abrigo hasta arriba —en qué momento no se me ha ocurrido coger algo más de ropa—, paso frío, pero voy hacia casa, lo puedo soportar. Esta noche el viento es agresivo, los árboles se doblan y se retuercen. Las hojas secas arañan la calzada y cuando se dan por vencidas inundan los portales. El viento me embota los sentidos, sólo soy capaz de oír mis pasos. Aunque me duelen los pies por los zapatos, me es muy agradable el sonido que producen, el golpe de tacón contra la acera. Tacón de zapato de hombre –para que no haya dudas–, ancho y plano, es un sonido grave.

20131226-020919.jpgNo hay coches en las calles, los semáforos siguen trabajando, sólo descansan los días lluviosos y parecen estar contentos, hoy el aire huele a tormenta. Tampoco me cruzo con nadie, mañana es laboral, aunque todavía se ve alguna luz por las casas, la gente ya descansa. Son las 3:30, me lo dice un reloj en un plaza, creo que me puedo fiar —¿¡ 2 grados centígrados!? Bueno, me seguiré fiando—.

Una vez mi padre me dijo, las calles que miran al mar son las más frías, y en una noche como la de hoy el viento le está dando toda la razón.

Es inevitable dedicar todo el tiempo de vuelta a casa a analizar todas tus sensaciones, a disfrutar de esta agradable sensación. Siento la mente ágil, es una sensación que hay que aprovechar. Frío y soledad. El ritmo de mis pasos. Si me concentro, puedo oír hasta mis pensamientos, y esa es la clave. Mis pensamiento no son mios, me hablan, conversan conmigo, me están ayudando a resolver problemas que me planteo. Puede que ésta sea una forma de evolución, el paseo nocturno. Habré de meditarlo más profundamente, quizás salga a pasear por la noche, eso me ayudaría a reflexionar sobre el tema.

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